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El Grupo de Villa Ballester

  • El Grupo de Villa Ballester
En las cercanías de la ciudad en trance de volverse metrópoli, la llanura que asombró a los descubridores y encarnó las ilusiones de quienes desde muy lejos vinieron a laborarla, resistía a finales del siglo XIX el arrollador avance urbano.

Hacia el Noroeste de Buenos Aires, en campos que habían sido de don Pedro Ballester, y que hoy se encuentran dentro de los límites del partido de San Martín, surgió sobre finales de 1880 un espacio urbano de 140 manzanas, con sus calles, plazas, y sitios reservados para los edificios de interés público y comunitario.

Eran tierras transitadas por la Historia, recorridas por las caballadas que alternando lanzas y arados dominaron la pampa y la volvieron fértil llanura. Por allí nació José Hernández, y en el paraje Perdriel una partida criolla le plantó frente al invasor inglés. Pueyrredón, y también Rosas, dejaron la impronta de su paso en jornadas que se memoran. Vino luego el momento de alambradas y de rieles, y en 1895 el ferrocarril Central Argentino inauguró allí una estación a la que llamó Villa Ballester. Los primeros habitantes fueron quienes ya buscaban espacios más amplios que los que podía ofrecerles por entonces la urbe metropolitana, capital de aquella Argentina ilusionada que miraba al mundo desde la gloria del Centenario. Familias de clase media fueron la avanzada, mientras que otras más acomodadas optaron por esas tierras para sus casas quintas y residencias veraniegas. Ya en los albores del siglo XX se instalaron allí importantes grupos de inmigrantes alemanes, quienes aportaron sus costumbres, abrieron escuelas e instituciones culturales y deportivas.

Alejandro Witcomb, fundador de la galería que por tantos años llevó su nombre, y Rosendo Martínez, que fuera socio de la misma, se instalaron en Villa Ballester, y a poco fueron llegando, tal vez por influjo de éstos, los pintores Ceferino Carnacini, nacido en la Boca, Carlos Pablo Ripamonte, y el asturiano Juan Peláez. Levantaron sus casas, abrieron sus talleres y al radicarse en Villa Ballester convirtieron a esta localidad bonaerense en un polo de atracción para muchos de sus colegas en el arte, deseosos de dejar los ajetreos ciudadanos y cambiarlos, siquiera temporariamente, por el sosiego y hasta por el paisaje rural que el lugar les ofrecía.

Por aquellos años todavía era posible ver, por las afueras del casco urbano, el lento andar de una carreta tirada por bueyes, o detenerse a reposar bajo la sombra generosa de un ombú. A lo lejos, el sol aún podía reflejarse en las aguas de un bañado.

Del fructífero paso de estos tres maestros por la historia del arte argentino nada podremos añadir a lo mucho y bueno que ya se ha dicho y escrito.

Es por ello que hoy vemos con beneplácito que Estudio Garrido Abogados haya dedicado su encuentro mensual de las Gallery Nights porteñas a rendirles homenaje exponiendo obras de su Colección Paideia. Y aún más augural es que para ello haya convocado al Museo Casa Carnacini, dependiente de la Municipalidad de General San Martín, para que desde Villa Ballester nos aporte la vivencia directa de quienes tienen como propósito fundacional el mantener viva la memoria de estas tres señeras figuras del arte nacional.

Adrián Gualdoni Basualdo
Septiembre de 2011
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Raquel Forner
Clamor
Colección Paideia